Una de ellas estaba situada en la actual calle Zumalacárregui número 10, y la otra estaba en la calle Carnicerías número 1. La botica era lo que hoy llamamos farmacia, y en el pueblo aún se recuerda que solían situarse en la planta baja de la casa donde vivían los boticarios. Cuando se necesitaba de sus servicios, si la botica estaba cerrada, desde la calle se llamaba a voces: “Doña Fulanitaaaaa”, o bien “Don Menganitoooooo”, pero siempre con el tratamiento de Don o Doña porque la figura del boticario (y su esposa) era una de las de mayor relevancia en cualquier pueblo y, aunque se les llamara a voz en grito, se les debía mostrar respeto. Hoy día las farmacias dispensan principalmente medicinas ya preparadas en laboratorio, además de cosméticos, pero en las boticas era el boticario quien preparaba in situ las medicinas que mandara el médico, por lo que solían tener un cuarto (la rebotica) lleno de probetas, matraces y botes de cristal, básculas de precisión y mil y una herramientas de trabajo tan variadas como hermosas, que hoy día han quedado como objetos de decoración en las modernas farmacias.


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