Parecen garitas de guardia, y casi podemos imaginarnos al soldado de turno con el fusil al hombro y vigilando el acceso al recinto pero, tal como indica su nombre: “conjuratorios”, son instalaciones religiosas con fines espirituales. Antaño, cuando se sabía mucho menos de ciencia y todo lo que no se comprendía se explicaba mediante la intervención divina, se tenía mucho miedo a las tormentas tanto por su poder destructor de las cosechas como por los rayos. En este contexto, rezar a Dios o a los santos era la única forma que tenían los campesinos de protegerse cuando veían avanzar nubes negras, así que los curas del momento salían de la iglesia de Santa María la Mayor para “conjurar” a la tormenta a que se marchara en otra dirección, o a que descargara antes de llegar a San Vicente. Al principio se hacía desde la misma puerta de la iglesia, pero cuando se construyó el muro de contención que vemos hoy aprovecharon para incluir dos pequeños refugios desde donde tener buena visión de los campos y poder rezar o conjurar más a resguardo de las inclemencias del tiempo. En su momento tenían puertas y ventanas de madera, aunque hoy día sólo quedan las paredes de piedra, y eso que han tenido que ser restauradas porque se había hundido hasta la cúpula de uno de ellos.


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