La romanización
Como decían en aquella película que ya se ha vuelto una obra de culto: “Aparte del alcantarillado, la sanidad, la enseñanza, el vino, el orden público, la irrigación, las carreteras y los baños públicos, ¿qué han hecho los romanos por nosotros?” Lo cierto es que la Sonsierra no fue uno de sus objetivos prioritarios a la hora de ocupar el territorio, pero en nuestro recinto fortificado asoman por la ladera los restos de una cisterna dejando bien claro que, en San Vicente, fuimos romanizados. Veamos cómo ocurrió y qué implicó para nuestra gente.
Lo primero que debemos tener claro es que cuando Roma estaba empezando su desarrollo no tenía ningún interés en la Península Ibérica. Lo que sí les interesaba era el comercio en el Mediterráneo, y ahí entraban en conflicto con los fenicios que, desde la orilla sur, navegaban hasta las costas sicilianas y dominaban el mercado que Roma quería conquistar.

Del 264 al 241 a.C. tuvo lugar la Primera Guerra Púnica: ganó Roma y prohibió a Cartago seguir comerciando en las islas italianas y ¡nada de cruzar del Ebro para arriba, que nos conocemos! Los fenicios, que ya tenían presencia en la Península Ibérica aunque sólo por la costa, empezaron entonces a expandirse tierra adentro. A Roma no le hizo gracia ver que la competencia estaba otra vez ganando fuerza y se desencadenó la Segunda Guerra Púnica. Es la guerra de Aníbal cruzando los Pirineos montado en elefante y también la ganó Roma. En esta ocasión, Roma contó con la ayuda de los pueblos de la Península Ibérica, que veían en los romanos la forma de librarse del invasor fenicio. Pero claro, una vez que has venido con tus tropas y si lo que quieres es que no te vuelvan a pisar “lo fregao”, lo mejor es quedarte, así que desembalaron sus trastos y comenzaron la conquista de Hispania. Aunque tampoco con esto se quedaron del todo satisfechos y hubo una Tercera Guerra Púnica en la que arrasaron Cartago por completo, pero eso ya es otra historia.
Sería interesante saber qué cara se les quedó a los locales cuando vieron que esos flamantes libertadores que prometían ayudarles a recuperar la independencia, se hacían con el poder y ocupaban el lugar de aquellos que antes les oprimían. Es una situación que se va a repetir varias veces a lo largo de la historia y de la que parece que no terminamos de aprender.
Como vimos en el texto sobre la Edad del Hierro y los berones, cuando los romanos subieron por el Valle del Ebro se encontraron un territorio lleno de pueblos que aún estaban en la prehistoria pero que ya habían empezado a desarrollar el estilo de vida urbano y comercial, lo que les permitió adaptarse rápidamente a las novedades que les traían. No sabemos cómo hubiera evolucionado la cosa de habernos dejado a nuestro aire, pues la llegada de los romanos supuso nuestra entrada en la Historia a través del filtro de la lengua y las costumbres latinas.
Lo primero que hicieron los romanos fue bajar los pueblos de los cerros al llano. La excusa oficial era que así podían explotar mejor los campos y generar excedentes con los que pagar los impuestos; la extraoficial era que de este modo se neutralizaba a las tribus más conflictivas al obligarlos a vivir en terrenos más difíciles de defender. Sustituyeron a los gobernantes indígenas por cabecillas locales colaboradores con Roma, y en este contexto de ocupación y reorganización social hubo pueblos que se subieron al monte a vivir en las cuevas, como había ocurrido durante la Edad del Bronce.

Las élites indígenas fueron las primeras en acercarse a los romanos, en cambiar el sistema de trueque por el pago en moneda, en exhibir objetos de prestigio y copiar las costumbres romanas. Lo hicieron para mantener el poder en su territorio y aumentar su riqueza individual. Esto a los romanos les venía muy bien porque les mantenían controlado el territorio con un esfuerzo mínimo por su parte. Llevaron a cabo la romanización mediante colonos, mercaderes y guarniciones militares. Pero había malestar social porque la tierra estaba mal repartida y existían grupos de pastores nómadas que necesitaban moverse por el territorio para sobrevivir, cosa que molestaba a los campesinos porque les invadían los terrenos de cultivo. Roma hizo un intento de repartir la tierra de forma más justa y también reubicó a la población. Pero entonces se quejaron las élites porque les quitaban su riqueza y poder, y claro, si se quejan los que te están manteniendo arriba tienes que cambiar de estrategia, no vaya a ser que les dé por rebelarse. Roma pasaría entonces a dominar a las tribus por la fuerza, siendo el origen de sublevaciones como las que luego hicieron famosos a Numancia y a Viriato.
En el año 179 aC, Tiberio Sempronio Graco (el fundador de Gracurris, que es la actual Alfaro) derrotó a los celtíberos en el Moncayo y estableció la paz mediante acuerdos con los indígenas en lugar de someterlos por la fuerza. De aquí en adelante ya no se menciona a los berones como hostiles, lo que nos hace pensar que las élites locales se integraron tan contentas en el nuevo sistema siempre que a ellos les permitieran pillar tajada. Estos pueblos servían de tapón frente a los cántabros y otros indígenas situados más al oeste, que sí eran rebeldes. En nuestra zona, en general, se mantuvo el sistema de poblamientos que ya existía, lo que demuestra el poco intervencionismo de Roma, que al principio se conformaba con que no les dieran guerra y pagaran los impuestos regularmente.
Como los cántabros sí que se resistían a la romanización, tuvo lugar lo que se ha llamado las Guerras Cántabras. Catón fue con sus tropas desde Segontia (Sigüenza) hasta el Ebro en 195 a.C., haciendo pasar al ejército romano hacia Calagurris (Calahorra) marchando por el este de la zona de los berones. Luego Escipión cruzó sin problema hacia el oeste para ir a la guerra contra Numancia en el 134 a.C. dejando claro que ya éramos amiguetes pues los ejércitos romanos podían ir y venir a sus anchas. Los vascones, los berones y los pelendones de esta zona se uniformizaron a causa de la romanización, y las élites adquirieron la ciudadanía romana, que suponía obtener derechos y privilegios a cambio de aceptar plenamente las costumbres romanas. La aceptación por parte de la población local fue tanta que incluso formaban cuerpos militares de élite entre las tropas romanas: jinetes hispanos, arqueros, guardia personal para los señores importantes…

A partir del s. I d.C. aumenta la romanización, desaparecen los escritos en lengua indígena, se funda Caesar Augusta (Zaragoza), el Alto Ebro se incluye en la organización administrativa, se expande la ocupación por la margen derecha del Ebro… La inestabilidad política tras la muerte de Nerón hizo más fácil para los nativos lo de acceder a la ciudadanía pues los políticos necesitaban apoyo para ganar poder en Roma, y lo conseguían a base de tener respaldo en Hispania. Esto benefició a las élites beronas, que pasaron de ser ricos y poderosos, a ser ricos, poderosos y con derechos y participación en la política.
En la Sonsierra no había vías de comunicación principales, pues se habían construido todas en la orilla sur del Ebro, pero sí teníamos vías secundarias y caminos; esto supone que en nuestra orilla hubo un mayor aislamiento y se mantuvo el estilo berón, lo que se ve en que la economía era principalmente ganadera y forestal, mientras que en la orilla sur cobraba más fuerza la organización urbana. El mayor resto romano que tenemos cerca es el Puente Mantible, del s. II d.C.
Tradicionalmente el ejército romano era censitario, es decir que para ser soldado debías tener unos ingresos mínimos y un estatus social mínimo. Esto suponía que, al tener negocios que atender en casa, los soldados estuvieran interesados en que las campañas fueran breves para poder volver cuanto antes a su vida normal. Pero en Roma hubo una crisis política que hizo que necesitaran ampliar el ejército así que se permitió entrar a cualquiera para aumentar rápidamente el volumen de tropas. Muchos hombres lo vieron como una forma de ganarse la vida, y esto llevó a que la fidelidad de las tropas estuviera dirigida hacia el general de quien dependía su trabajo, en lugar de ser fieles a Roma, que les pillaba muy lejos y resultaba más abstracto. A raíz de esto, los generales fueron creándose redes clientelares en Hispania, que utilizarían para ganar poder político en Roma. Fue así como los hispanos tomamos parte en la guerra civil de Roma, unos del lado de Pompeyo y otros del lado de Julio César. La guerra la ganó César, rápidamente en la Hispania Citerior (el noreste de la península, donde estamos nosotros) y con bastante más trabajo en la Hispania Ulterior (el suroeste). En el sur, la resistencia de los partidarios de Pompeyo fue más intensa por lo que César tuvo que premiar más a las colonias que se quedaron de su lado para asegurarse su fidelidad. Durante los siguientes años hubo guerras civiles en Roma, en las que la Ulterior participó activamente como parte totalmente integrada en el imperio, mientras que los de la Citerior nos manteníamos más bien aislados y centrados en nuestras cosas; seguíamos siendo una colonia de indígenas sometidos por la presencia del ejército.
Con este panorama, la mezcla con la cultura romana hizo que en el Valle del Ebro se desarrollara una conciencia de unidad entre los prerromanos, el “nosotros frente a ellos”. Surge una nueva sociedad híbrida que será más tirando a romana cerca del Ebro (por las calzadas y el comercio) y más de espíritu indígena en los montes. La educación tampoco llegó a todas las zonas por igual, lo que permitió que sobrevivieran las lenguas indígenas en las zonas de montaña.
La organización administrativa durante el Imperio Romano se basaba en territorios llamados conuentus (el término viene de “convenire”, que significa acudir a un lugar), y se utilizó para influir en las relaciones de los grupos indígenas. Por ejemplo, los berones y los autrigones eran aliados tradicionales, así que se los separó dejando a los Autrigones en el Conuentus Cluniensis, y a los Berones en el Conuentus Caesaraugustanus. El “divide y vencerás” de toda la vida.

La agricultura era la base de la economía para los romanos, pero las tierras de cultivo eran pequeñas y había que pagar impuestos, así que no daba para enriquecerse. Se incentiva la producción de cereales e incluso se pagaban los tributos con trigo. Los romanos trajeron el regadío, sustituyeron los poblados por pequeñas explotaciones rurales (las villas), establecieron nuevos asentamientos urbanos y construyeron de vías de comunicación que permitieran las importaciones y exportaciones a larga distancia. Aumentó el cultivo de la vid, el olivo y la huerta, que ya se había introducido durante la República, pero ahora generan suficientes excedentes como para poder comercializaros. Surgen pequeños talleres industriales casi de tipo doméstico, y destaca la cerámica, la minería y la sal.
En cuanto a la religión, los romanos son famosos por la absorción de las religiones de los pueblos que dominan. Es un poco como si dijeran “yo rindo culto a mis dioses, pero no me voy a arriesgar a ofender a los tuyos, así que aceptamos todos y a correr”. A esto se le llama “sincretismo” y es lo que explica, por ejemplo, que los dioses romanos y los griegos sean los mismos, pero con distinto nombre. ¿En qué nos afecta eso a nosotros? Pues es esta costumbre junto con lo poco que se urbanizó la orilla norte del Ebro y que muy poca gente pudiera alcanzar el estatus social de ciudadano romano, lo que hicieron que se mantuviera el culto a los dioses célticos, aunque con nombre romano. Se mantuvieron dioses de la agricultura, del comercio, protectores de las aguas y de los montes. Llamaron “Lares Viales” a los dioses indígenas que protegían los caminos; “Lares Quadriviis” a los que protegían las encrucijadas; llamaron “genii” en general a los protectores de lugares concretos... Estas asimilaciones fueron posibles gracias a que ambos pueblos eran politeístas, pues si yo ya creo que existen varios dioses repartidos por mi tierra, ¿por qué voy a dudar de que en tu zona también haya otros? Respecto a los ritos funerarios, en las ciudades se seguían las costumbres romanas (incineración), pero en el mundo rural pervivían las costumbres anteriores.
En San Vicente no hemos encontrado ningún gran yacimiento romano, lo que puede darnos la errónea impresión de que aquí no vivía nadie por aquel entonces. Sin embargo, en la ladera del recinto fortificado asoman los restos de una cisterna, declarando a gritos que, sin lugar a dudas, los berones del Hierro II se adaptaron al estilo romano en la medida en la que el poco interés de los conquistadores marcó la evolución de toda la zona. Pero como después se ha seguido viviendo, construyendo, derruyendo y volviendo a construir en el mismo sitio, su memoria ha quedado tapada y casi olvidada.

Sin embargo, cabe pensar que hubiera un asentamiento de cierta envergadura en lo alto del cerro ya que se vieron en la necesidad de construirse un depósito de agua para abastecerlo. Esta cisterna o aljibe está hecha con argamasa y con “tegulae” (que es un tipo de ladrillo típico romano), y tiene el suelo impermeabilizado con “opus signinum” (que consiste en apisonar cascotes de tejas o ladrillos mezclados con cal). También hay un pequeño puente que quizá fuera romano sobre el barranco Valseca, y junto a Mutílluri se encontraron 3 lápidas romanas, de las que sólo pudo transcribirse una. En La Tejera se encontraron cerámicas altoimperiales, aunque hay más cantidad de tardorromano. Por último, pero no menos importante, al excavar las viviendas adosadas a la muralla del recinto fortificado a raíz de las intervenciones derivadas del Plan Director para la Restauración del Recinto Fortificado, se encontró un lagar rupestre del que, al haber estado enterrado y aparecer en el contexto de una excavación arqueológica, pudieron extraerse algunas muestras que se enviaron a analizar con la técnica del Carbono14. El resultado de estos análisis indicó que se había estado haciendo vino allí en el siglo II d.C. ¿Recuerdas cuando hablábamos de los lagares rupestres y decíamos que es importante no limpiarlos antes de que los vean los arqueólogos? pues aquí está el por qué.
Todos estos restos nos hablan de que existió una ocupación en la zona desde el s. I al VI d.C. No tenemos demasiados datos para concretar qué tipo de poblamiento era, quizá estaba formado por varios núcleos que se relacionaban entre ellos, que funcionaban con un alto grado de autosuficiencia y que vivían relativamente aislados de la organización más intensamente romana que se daba al otro lado del río.
En resumen, podemos decir que en la Sonsierra escasean los yacimientos romanos debido a dos factores principales: por un lado, el escaso empeño romanizador en la orilla izquierda del Ebro, ya que se centraron en construir pueblos y vías en la orilla sur; y por otro lado la aceptación del dominio romano por parte de las élites tribales que hizo que no fuera necesario “venir a someternos” por la fuerza.
