A los pies de la sierra de Cantabria...

San Vicente de la Sonsierra

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San Vicente de la Sonsierra

Municipio de La Rioja situado a los pies de la sierra de Cantabria. 

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No hemos conseguido averiguar exactamente qué juego era, si es que se corresponde con alguno de los que se mantienen en la actualidad, o cuáles eran sus reglas. Lo que sí parece es que se trataba de un juego de apuestas, lo que sería el motivo de la prohibición ya que estos juegos suelen acarrear, además del perjuicio económico, peleas y desórdenes públicos. En el Fondo Histórico del Archivo Municipal se conserva el expediente correspondiente al 28 de septiembre de 1935, en que dos guardias civiles pasaron por la Plaza de la República (la Plaza Mayor) y sorprendieron a varios vecinos jugando en los soportales. Detuvieron a 11 personas y fueron denunciados. Según consta en la sentencia, por ser la primera vez que incurrían en delito, el fiscal municipal les impuso pagar los costes del juicio, que debían pagar a partes iguales, pero no mayor multa ni pena de cárcel.

Es posible que nunca te hayas fijado en que dentro de la iglesia, en el lado del evangelio, justo entre el retablo de San Isidro y la puerta de la sacristía hay una puerta que se tapió. Esta puerta se debió de abrir cuando se hizo la iglesia y servía para acceder al exterior por el lado norte. No sabemos a ciencia cierta para qué se utilizaba, quizá era simplemente para acceder al exterior sin tener que dar toda la vuelta al edificio, o tal vez se empleaba para llegar al cementerio en situaciones concretas… La puerta era de arco de medio punto, con las dovelas de la parte superior claramente marcadas, en el interior tiene una moldura sencillita y por fuera de la iglesia también se puede ver, aunque con un poco más de dificultad, dónde se abría. Lo que sí sabemos seguro es que la puerta se tapió antes de que se reformara el presbiterio en 1800, ya que está pintado por encima con la misma pintura que el resto de la pared de la cabecera simulando un panelado de piedra.

Parecen garitas de guardia, y casi podemos imaginarnos al soldado de turno con el fusil al hombro y vigilando el acceso al recinto pero, tal como indica su nombre: “conjuratorios”, son instalaciones religiosas con fines espirituales. Antaño, cuando se sabía mucho menos de ciencia y todo lo que no se comprendía se explicaba mediante la intervención divina, se tenía mucho miedo a las tormentas tanto por su poder destructor de las cosechas como por los rayos. En este contexto, rezar a Dios o a los santos era la única forma que tenían los campesinos de protegerse cuando veían avanzar nubes negras, así que los curas del momento salían de la iglesia de Santa María la Mayor para “conjurar” a la tormenta a que se marchara en otra dirección, o a que descargara antes de llegar a San Vicente. Al principio se hacía desde la misma puerta de la iglesia, pero cuando se construyó el muro de contención que vemos hoy aprovecharon para incluir dos pequeños refugios desde donde tener buena visión de los campos y poder rezar o conjurar más a resguardo de las inclemencias del tiempo. En su momento tenían puertas y ventanas de madera, aunque hoy día sólo quedan las paredes de piedra, y eso que han tenido que ser restauradas porque se había hundido hasta la cúpula de uno de ellos.

Todos los 12 de mayo, la Cofradía de Santo Domingo salía en procesión por las calles de San Vicente hasta llegar a la plaza de la Basílica de Nuestra Señora de los Remedios, pues allí tenían su sede, en el edificio que después fue tonelería y hoy día es almacén municipal. Tal como se hace aún hoy en Santo Domingo de la Calzada, en esta procesión salían las doncellas del pueblo, vestidas de blanco, y se llevaba en una jaula de madera un gallo y una gallina para el santo. Al llegar a la plaza, se bendecía la rueda que ya estaba preparada con sus velas y su pan, y se procedía al reparto del pan bendecido. Por la tarde se solía organizar una representación de zarzuela para disfrute de los vecinos. Por desgracia, en los años 60’s la Cofradía se desmanteló y se perdió esta costumbre.

A principios del siglo XVIII se estaba construyendo la ermita de Nuestra Señora de los Ángeles del Remedio, y entre los documentos que recogen los gastos están detallados dos pagos de 240 reales cada uno “para ayuda del pago de las coronas de plata sobredorada para la Virgen y el niño”, aunque no se indica cuánto fue el coste final. Las obras terminaron hacia 1737/1738 por lo que a partir de ahí las figuras lucirían las coronas en las fechas destacadas. Sin embargo, en 1799 fueron robadas y el pueblo de San Vicente no quiso dejar pasar tiempo con las figuras sin adornar, por lo que en ese mismo año se mandaron hacer otras coronas de plata en Haro, encargadas a Saturnino Quintana, que costaron 5.973 reales y que lucen las figuras desde entonces.

En la pared a los pies de la iglesia, en el extremo del lado del evangelio existe una pintura que está bastante deteriorada y de la que no se distinguen con mucha claridad los detalles. Se puede ver que, en el centro y ocupando la mayor parte de la escena, aparece Cristo crucificado. A su lado se intuye lo que parecen dos personas, una a cada lado, pero el pésimo estado de conservación no permite asegurar que se trate de una escena tradicional de la Crucifixión con San Juan y la Virgen lamentándose a los pies del Cristo, aunque raro sería que se tratara de otras figuras distintas. En la esquina superior derecha se insinúa un cortinaje. Esta pintura es anterior a la construcción de la sillería, ya que el mueble de los asientos se instaló tapando en parte la pintura. Es posible que ni te hayas dado cuenta de que está ahí pero, si algún día puedes subir al coro (cuyo acceso está restringido debido a las delicadas condiciones en que se encuentran las escaleras de acceso), fíjate en la pared de tu derecha nada más llegar, antes de atravesar la puerta de madera que da acceso a la sillería. Ahí, medio oculta por el armazón de madera, quizá como recuerdo de algún altar o mesa que se utilizara por los clérigos antes de que se construyera la sillería, encontrarás esta pintura.

Se trata de vecinos de San Vicente, San Asensio, Haro, Treviana, Anguciana y Rodezno, que fueron asesinados en una cuneta de la carretera de Labastida el 5 de noviembre de 1936. La exhumación se pudo llevar a cabo gracias al empeño de la asociación La Barranca y al de los descendientes de las víctimas, entre quienes destacaba Blanca Ramírez López, que aún recordaba aquella noche en que se llevaron a su padre. Los restos se depositaron en dos ataúdes con tapa de cristal que fueron expuestos en la plaza de San Vicente antes de ser llevados a misa en Santa María la Mayor. Después fueron conducidos al cementerio, donde fueron enterrados en una sepultura que también rinde homenaje al resto de represaliados de nuestro pueblo por su ideología política contraria al golpe de estado de 1936.

El interés por llevar la lectura a la población y luchar de este modo contra el analfabetismo viene de antaño, y ha dado lugar a varias propuestas para acercar los libros a la gente. Durante la II República, en 1931, se creó el Patronato de Misiones Pedagógicas, que creó unas 5.000 bibliotecas populares, fijas y circulantes, con especial objetivo en los pueblos de menos de 5.000 habitantes. Más tarde, en septiembre de 1960, el Ayuntamiento de San Vicente recibió una carta del Centro Coordinador de Bibliotecas de la Provincia de Logroño informando de que se iba a poner en marcha una iniciativa llamada “Bibliotecas Viajeras” y ofreciendo al pueblo adscribirse a ella. El objetivo era promover la lectura y facilitar el acceso a la población de aquellos municipios en los que no existiera una biblioteca estable. Se empaquetarían lotes de libros en maletas que irían rotando por los municipios y serían renovados de vez en cuando. Se adjuntaba también un listado con las instrucciones para solicitar la participación y las normas que regían el servicio. Lástima que no se conserva, o al menos no está archivada junto con esta carta, copia de la respuesta que diera el ayuntamiento. Poco después se crearon los “Bibliobús”, que complementaba y apoyaba a las “Maletas viajeras”. En La Rioja el Bibliobús estuvo en funcionamiento desde 1983 a 1991, que desapareció de la noche a la mañana dejándonos a muchos con libros sin devolver y un agradable recuerdo de aquellas bibliotecas sobre ruedas de nuestra infancia.

La entrada original al templo estaba en el mismo sitio, pero no tenía cobertura ni sobresalía respecto a la fachada. Seguramente no era más que la puerta con la decoración a ras de la pared. En el siglo XVIII se hizo el pórtico monumental que vemos hoy porque se necesitaba de un tejado que protegiera de las inclemencias del tiempo cuando los clérigos salían a conjurar las tormentas. Durante el tiempo que la iglesia estuvo sin puerta hubo que contratar a gente para que vigilara, y sus salarios constan entre los gastos que supuso la construcción (que fueron muchos y difíciles de sufragar, a juzgar por las cuentas que se conservan en los Libros de Fábrica). A la vez que se construía este pórtico de piedra se arregló el suelo en el interior para que soportara una puerta de madera.

Las casas de San Vicente están jalonadas de escudos heráldicos pero no todos son de épocas remotas. Hay escudos antiguos, que se distinguen porque son más grandes, más elaborados y, sobre todo, están más “rodados”, más erosionados por el paso del tiempo tanto en las aristas como en las grietas. Pero otros muchos los realizó Alberto Güenechea García como hobby y después los regalaba a los vecinos, así como las placas de piedra con el nombre de las calles. Sus abuelos maternos eran vecinos de San Vicente y él siempre estuvo muy vinculado con nuestro pueblo. Sentimiento que fue correspondido y quedó reflejado cuando, en 2007, se le dedicó una plaza en el Barrio de San Juan.

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