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San Vicente de la Sonsierra

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San Vicente de la Sonsierra

Municipio de La Rioja situado a los pies de la Sierra de Cantabria

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La explicación está en que, a la hora de contabilizar la vendimia, la referencia que se utilizaba era el volumen de uva cosechada, y para eso existía una medida que era la “arroba”. A partir de ahí, el caldo que se obtenía de una arroba de uva se consideraba una unidad de medida de líquido, que es a lo que se llamó cántara. Y esa medida que establecieron entonces y llamaron cántara, equivale a 16 litros de líquido. Bueno, en origen no eran 16 litros exactos, ni tampoco era la misma cantidad en todos sitios; por ejemplo, en Castilla eran 16,133 litros, en Álava eran 16,365 litros, en Logroño eran 16,04 litros, etc. La cántara, a su vez, se dividía en unidades menores: una cántara eran 8 azumbres (la palabra viene del árabe atzume), una azumbre eran 4 cuartillos, y un cuartillo eran 4 copas.

¿Por qué embotellamos con esta cantidad, que no cuadra con las medidas que se venían usando basadas en cántaras ni tampoco con la medida estándar de un litro? En este caso la explicación viene del extranjero. En el siglo XIX, Inglaterra importaba mucho vino francés, y como en las islas tienen su propio sistema de medidas, para realizar estas ventas se utilizaba el “galón imperial”. Un galón equivalía, más o menos, a 4,54 litros. El vino se exportaba en barriles de 50 galones, lo que supone 225 litros. Y para dividir esa cantidad en botellas se podía hacer en 225 botellas de litro, o en 450 botellas de medio litro, o en 300 botellas de 0,75 litros… Y se consideró que, para hacer las cuentas, era más fácil con 300 botellas que con cualquier otra de las cantidades. Así fue como normalizamos medir los líquidos por litros enteros, excepto para el vino que lo hacemos por tres cuartos. Esto derivó también en que las cajas de botellas sean en múltiplos de 3, para facilitar la división y el cálculo de precios y cantidades.

Según se recoge en el Libro de Actas de la Santa Vera Cruz, en la sacristía de la iglesia de Santa María la Mayor se enterró al Reverendo Padre Don Francisco Javier Aguiriano Gil, que ostentaba ese cargo religioso. Pero ¿qué hacía este señor en nuestro pueblo? En los primeros años del siglo XIX España estaba sufriendo la ocupación de las tropas francesas de Napoleón, y parece ser que el Padre Aguiriano había salido huyendo de Burgos, pasó por Santo Domingo de la Calzada y luego llegó, en pésimo estado, a San Vicente, donde vivía su hermano José Aguiriano. Aquí debió de pasar unos meses convaleciente, pero al final murió y fue enterrado en nuestra iglesia el 25 de mayo de 1809.

Sin embargo, los restos más antiguos que se han encontrado son del XIII y de estilo románico. En origen tendría un total de 13 arcos y dos torres defensivas, una en la mitad del puente y la otra en el extremo más cercano al pueblo. Sin embargo, como es una construcción que tiene mucho desgaste, se han ido haciendo remodelaciones a lo largo de los siglos, lo que explica la variedad de formas y tamaños en los arcos y pilares. En 1775, una crecida del Río Ebro arrasó el puente y cuando se iniciaron las obras de reconstrucción en 1780 aparecieron los restos medievales. Más tarde, en 1845, vuelve a aparecer mencionado el puente en los documentos indicando que se estaba reedificando nuevamente.

Están guardados en el retablo de Santa Úrsula, situado en el lado de la epístola. En un principio se trajeron tres cráneos, pero el tercero fue sustraído. ¿De dónde salieron estas cabezas? La implantación de la Reforma Protestante en el siglo XVI hizo que en el norte de Europa se perdiera la afición por las reliquias. En ese momento en España, que seguíamos siendo católicos, vimos una oportunidad única para conseguir reliquias variadas a precio de saldo (y en Europa vieron la ocasión de vendernos todo lo que pillaran, también hay que decirlo). Es en este contexto en el que el alférez Pablo Delgado y Agüero, que era vecino de San Vicente, el 14 de abril de 1556 se trajo los tres cráneos y las donó a la iglesia pidiendo a cambio que tanto él como su familia fueran enterrados al pie del retablo.

La solicitud de cambio de nombre había sido presentada al Ayuntamiento, de manera conjunta, por los jefes de Falange Española de las JONS y del Requeté Comunión Tradicionalista. Esta solicitud consistía en cambiar el nombre de algunas de las calles y de la plaza mayor del pueblo para dedicarlas a personas destacadas del régimen militar que se estaba intentando imponer. Así, el 13 de junio de 1938, desde Logroño se dio luz verde a la petición del Ayuntamiento de San Vicente para cambiar los siguientes nombres, según consta en el acta de dicha reunión plenaria:

La Plaza pasa a llamarse Plaza del Generalísimo Franco.
Calle Villanueva pasa a llamarse Calle del General Queipo de Llano.
La Calle Mayor pasa a llamarse Calle del General Varela.
La Calle Amós Salvador pasa a llamarse Calle de la Purísima Concepción.
La Calle Mesones pasa a llamarse Calle del General Mola.
La Calle Carretas pasa a llamarse Calle de Calvo Sotelo.
La Calle del Remedio pasa a llamarse Calle de Don Antonio Primo de Rivera.


Sin embargo, los cambios de nombres no se ajustaron totalmente a este listado, pues la Calle Carretas se cambió finalmente a Calle Zumalacárregui, y la Calle de la Cerca fue la que se renombró como Calle de Calvo Sotelo.

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