A los pies de la sierra de Cantabria...

San Vicente de la Sonsierra

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San Vicente de la Sonsierra

Municipio de La Rioja situado a los pies de la Sierra de Cantabria

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Están guardados en el retablo de Santa Úrsula, situado en el lado de la epístola. En un principio se trajeron tres cráneos, pero el tercero fue sustraído. ¿De dónde salieron estas cabezas? La implantación de la Reforma Protestante en el siglo XVI hizo que en el norte de Europa se perdiera la afición por las reliquias. En ese momento en España, que seguíamos siendo católicos, vimos una oportunidad única para conseguir reliquias variadas a precio de saldo (y en Europa vieron la ocasión de vendernos todo lo que pillaran, también hay que decirlo). Es en este contexto en el que el alférez Pablo Delgado y Agüero, que era vecino de San Vicente, el 14 de abril de 1556 se trajo los tres cráneos y las donó a la iglesia pidiendo a cambio que tanto él como su familia fueran enterrados al pie del retablo.

Según se recoge en el Libro de Actas de la Santa Vera Cruz, en la sacristía de la iglesia de Santa María la Mayor se enterró al Reverendo Padre Don Francisco Javier Aguiriano Gil, que ostentaba ese cargo religioso. Pero ¿qué hacía este señor en nuestro pueblo? En los primeros años del siglo XIX España estaba sufriendo la ocupación de las tropas francesas de Napoleón, y parece ser que el Padre Aguiriano había salido huyendo de Burgos, pasó por Santo Domingo de la Calzada y luego llegó, en pésimo estado, a San Vicente, donde vivía su hermano José Aguiriano. Aquí debió de pasar unos meses convaleciente, pero al final murió y fue enterrado en nuestra iglesia el 25 de mayo de 1809.

Sin embargo, los restos más antiguos que se han encontrado son del XIII y de estilo románico. En origen tendría un total de 13 arcos y dos torres defensivas, una en la mitad del puente y la otra en el extremo más cercano al pueblo. Sin embargo, como es una construcción que tiene mucho desgaste, se han ido haciendo remodelaciones a lo largo de los siglos, lo que explica la variedad de formas y tamaños en los arcos y pilares. En 1775, una crecida del Río Ebro arrasó el puente y cuando se iniciaron las obras de reconstrucción en 1780 aparecieron los restos medievales. Más tarde, en 1845, vuelve a aparecer mencionado el puente en los documentos indicando que se estaba reedificando nuevamente.

¿Por qué embotellamos con esta cantidad, que no cuadra con las medidas que se venían usando basadas en cántaras ni tampoco con la medida estándar de un litro? En este caso la explicación viene del extranjero. En el siglo XIX, Inglaterra importaba mucho vino francés, y como en las islas tienen su propio sistema de medidas, para realizar estas ventas se utilizaba el “galón imperial”. Un galón equivalía, más o menos, a 4,54 litros. El vino se exportaba en barriles de 50 galones, lo que supone 225 litros. Y para dividir esa cantidad en botellas se podía hacer en 225 botellas de litro, o en 450 botellas de medio litro, o en 300 botellas de 0,75 litros… Y se consideró que, para hacer las cuentas, era más fácil con 300 botellas que con cualquier otra de las cantidades. Así fue como normalizamos medir los líquidos por litros enteros, excepto para el vino que lo hacemos por tres cuartos. Esto derivó también en que las cajas de botellas sean en múltiplos de 3, para facilitar la división y el cálculo de precios y cantidades.

La solicitud de cambio de nombre había sido presentada al Ayuntamiento, de manera conjunta, por los jefes de Falange Española de las JONS y del Requeté Comunión Tradicionalista. Esta solicitud consistía en cambiar el nombre de algunas de las calles y de la plaza mayor del pueblo para dedicarlas a personas destacadas del régimen militar que se estaba intentando imponer. Así, el 13 de junio de 1938, desde Logroño se dio luz verde a la petición del Ayuntamiento de San Vicente para cambiar los siguientes nombres, según consta en el acta de dicha reunión plenaria:

La Plaza pasa a llamarse Plaza del Generalísimo Franco.
Calle Villanueva pasa a llamarse Calle del General Queipo de Llano.
La Calle Mayor pasa a llamarse Calle del General Varela.
La Calle Amós Salvador pasa a llamarse Calle de la Purísima Concepción.
La Calle Mesones pasa a llamarse Calle del General Mola.
La Calle Carretas pasa a llamarse Calle de Calvo Sotelo.
La Calle del Remedio pasa a llamarse Calle de Don Antonio Primo de Rivera.


Sin embargo, los cambios de nombres no se ajustaron totalmente a este listado, pues la Calle Carretas se cambió finalmente a Calle Zumalacárregui, y la Calle de la Cerca fue la que se renombró como Calle de Calvo Sotelo.

Se llamaba Inocente Ramírez García, aunque adoptó el nombre religioso de Padre Elías y con este nombre tiene dedicada una calle en nuestro pueblo. En 1904 se había fundado en Bilbao la Adoración Nocturna para agrupar a todos aquellos que querían participar de la adoración a Jesucristo a través del pan y el vino, pero durante la noche. Inocente se hizo adorador nocturno en Bilbao y dos años después, junto con un grupo de fieles a los que atrajo, fundó una sección de la misma en la localidad vasca de Amorebieta. Era el 17 de febrero de 1906. Poco después, y como en su matrimonio no hubo hijos, tanto él como su mujer ingresaron en la iglesia, y así es como pasó a ser Fray Elías del Santísimo Sacramento, se fue a América a evangelizar y allí murió de paludismo. Con motivo del 50 aniversario de la fundación, y a instancias de la sección de Adoradores, se instaló en la basílica de Los Remedios una placa conmemorativa y de agradecimiento de parte de la Sección Adoradora Nocturna de Amorebieta, localidad que también tiene una calle dedicada en San Vicente, junto a la del Padre Elías, plasmando la especial relación que une a ambos municipios.

Se trataba de un pequeño recinto bajo el coro, a los pies de la iglesia, que contenía la pila bautismal de piedra labrada que se conserva de la original ermita de Santa Coloma. Es decir, que aunque la iglesia es del siglo XVI, la pila bautismal es del XIII. Los baptisterios se concebían como espacios separados del templo, a veces incluso en edificios diferentes, porque la persona que iba a bautizarse aún no estaba limpia del pecado original y, por lo tanto, no era digna de acceder al interior. En Santa María la Mayor aún puede verse la marca que dejó la verja metálica que limitaba ese espacio, a pesar de que la propia verja hace tiempo que desapareció de la iglesia.

En una época en la que no había agua corriente en las casas, la limpieza de la ropa la llevaban a cabo las mujeres en lavaderos públicos, que cumplían además una labor social pues eran punto de encuentro y relación. Había uno frente al matadero, uno en la Calle Buenavista esquina con Hornos y dos en el Barrio de San Juan, uno de ellos descubierto. Los lavaderos estaban formados por dos cubetas; la primera, más pequeña y justo a la salida del caño de agua, se utilizaba para aclarar con agua limpia las prendas ya lavadas antes de ponerlas a secar. Y la segunda, más grande, era donde se realizaba el lavado con jabón. Las mujeres empleaban estos ratos de trabajo para comentar y desahogarse por lo que, a pesar de que se podía ir al lavadero que se quisiera, se tendía a acudir al más cercano a tu casa y más o menos en los mismos días y horarios para coincidir siempre con las mismas mujeres, con las que se desarrollaba una relación de mayor confianza. Como curiosidad mencionaremos que las mujeres del barrio de San Juan tenían agua caliente para lavar gracias a la proximidad de la alcoholera, lo que sin duda era todo un lujo en invierno. También de este lavar la ropa de forma comunitaria viene la expresión “los trapos sucios se lavan en casa”, aludiendo a que hay cosas demasiado personales como para hacerlas públicas. Por último, mencionaremos que cuando las mujeres estaban hablando de sus cosas, con la chiquillería correteando alrededor, y no querían seguir la conversación para que no la oyeran los críos, se decía “shhh, que está la ropa tendida”, y todas las adultas entendían a qué hacía referencia, dejando a sus peques preguntándose qué tendría que ver la ropa con hablar o no hablar.

Se utilizaban por parte de los pastores y agricultores para refugiarse ellos junto con sus rebaños en momentos de tormenta; también se usaban como puntos de vigilancia de los campos de labor ante la presencia de transeúntes sospechosos o como almacén de aperos. Tenían importancia cultural por su capacidad de reunión, de socialización y de reafirmación de los lazos de comunidad, pudiendo ser de propiedad privada o comunitaria. Cuando son para pastoreo suelen tener una habitación específica para el rebaño, o un murete para poner a los animales a resguardo del viento. El problema con estas construcciones es que, como se construían sin argamasa (técnica de piedra seca), cuando estaban estropeados se desmontaban y se reaprovechaba la piedra, por lo que no se conservan los más antiguos. Los que vemos hoy día son del siglo XIX, momento en que vivieron un auge por el desarrollo vinícola a causa de la filoxera francesa. Como curiosidad, está documentado que, en 1564, la población de Laguardia tuvo que abandonar sus casas por culpa de un brote de peste y buscaron refugio en los chozos.

Puedes leer más sobre los chozos de San Vicente en:

Cuenta la leyenda que el rey Sancho VII el Sabio, durante la famosa batalla de 1212, rompió las cadenas de los esclavos que protegían al califa An-Nasir (llamado Miramamolín el Verde) y también le arrebató una esmeralda del turbante, que se trajo a Navarra a su vuelta. Para conmemorar este hecho y la victoria militar, Sancho VII habría cambiado su escudo por uno que incluyera las cadenas y, en el centro, la esmeralda. Por este mismo motivo aparecerían en el escudo de nuestro pueblo las cadenas, honrando a los soldados de San Vicente que valientemente lucharon también en aquella batalla. Pero parece ser que esta versión es más mitológica que histórica, pues las últimas corrientes historicistas defienden que Sancho VII nunca utilizó las cadenas en su escudo, sino que siempre empleó el águila negra. Al parecer, el verdadero origen de estas “cadenas” está en los escudos de madera reforzada con remaches de hierro colocados de manera radial que llevaban los soldados y que, al ser representados en esculturas, fueron erróneamente interpretados como eslabones de cadenas a raíz de la historia de la batalla, estando documentados más de 50 años antes de la batalla.

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